27 de noviembre de 2013

Activismo y violencia cultural

Créditos: Diario 16
Nunca ha sido sencilla la búsqueda de la justicia política. Desde que nuestras sociedades se volvieron plurales los lazos de eticidad antiguos quedaron disueltos a la espera de su reconstrucción. Una de las exigencias más urgentes en el mundo moderno es aquella que insiste en la igualdad de género y que toma una forma paradigmática en la lucha por el reconocimiento de la diversidad sexual. En nuestro país esta lucha no ha sido constante ni centralizada, más bien se ha ido formando a través de diversos colectivos; lo común a todos ellos es que no ha tomado contactos con organizaciones políticas sólidas en las que se puedan leer estas exigencias dentro de un discurso más comprensivo.

Aclaro de entrada que mi intención no es cuestionar las pretensiones reformistas de los grupos con una orientación sexual diversa (homosexuales, bisexuales, transexuales, etc.); muy por el contrario, creo que sus exigencias son justas. Sin embargo, el discurso que poseen estos grupos desarticulados y en general las actitudes que muestran, se encuentran marcadas por la inconsistencia, y la violencia que ellos mismos acusan en sus pares heterosexuales. Mi reflexión se centra en las formas que este tipo de activismo ha adquirido en los últimos años y en la violencia ejercida no solo contra personas heterosexuales, sino también contra aquellos que no siendo heterosexuales no comparten ni su comprensión del problema, ni la respuesta ensayada.

Quisiera cuidarme de no designar a este sector como “comunidad gay” o “comunidad LGTB”, pues pienso que dicha expresión puede llevarnos a la falsa creencia de que hay una articulación cultural interna, más fuerte de la que representa la natural condición de homosexualidad o bisexualidad, etc., que distingue a estos individuos de otros grupos sociales. Además estos grupos no son representativos de todas las personas que son homosexuales por ejemplo; se trata más bien, de grupos bastante reducidos congregados por el sueño noble de un mundo más tolerante, pero que han caído en los vicios de una obsesión con su imaginario social. Una comunidad, en un sentido más preciso, integra a los miembros de determinados grupos a través del proceso histórico en tanto que logran hacerse de una ética interna, es decir, de una concepción general de la vida buena; también es preciso resaltar que esta ética se pone de manifiesto a través de prácticas culturales más o menos cristalizadas que se ejecutan con cierta rigurosidad. La comunidad judía o las comunidades afrodescendientes son, tal vez, buenos ejemplos de lo que quiero decir.

Esta forma particular de activismo, sustenta su accionar en la premisa de que vivimos en un mundo cuyas estructuras sociales ejercen una dominación perniciosa sobre el individuo, de las que la persona no puede escapar sino es a través de un radicalismo político, muy cercano a una forma de anarquismo cultural. Esta crítica, muy de moda en el siglo pasado, extiende su retórica a toda formación política que conozcamos, así incluso la democracia cae dentro del paquete fenomenológico que el sujeto debe eliminar de sus experiencias sociales. La acusación que realizan es contra toda formación política como fruto de un proceso cultural más profundo, marcado por la hegemonía de la condición heterosexual, de tal forma que centrarnos en la diversidad en general –sobre todo la sexual- nos permite escapar de la trampa que nos han tendido nuestros patriarcales antecesores.

Si bien el carácter de las sociedades contemporáneas es de una fuerte carga institucional debido a la naturaleza sistémica del mundo moderno, no significa que debamos renunciar sin más a la idea de autonomía. Creo que parte de esta perspectiva se debe a la influencia marcada de una teoría crítica, tributaria de un tipo particular de sospecha marxista-foucaultiana, que hoy no nos ofrece nada nuevo en la comprensión de los procesos sociales. Las críticas contemporáneas más importantes a discursos monolíticos, se han presentado en las áreas más insospechadas de la cultura como son la ciencia y la economía; es importante tomar nota de esto, pues la mayor parte de nuestra cultura está permeada de un imaginario aún más poderoso que el de la hegemonía heterosexual. La ciencia como progreso acumulativo ha sido puesta en duda e incluso la filosofía como epistemología ha entrado en una franca crisis conceptual, incapaz de poder resolver los problemas que surgen precisamente del dinamismo social. Creo por todo lo expuesto que nada útil se saca de echar mano a un recurso harto conocido por las ciencias sociales, que solo socaba un tipo de comprensión más general y edificante.

La estrategia de este activismo pasa por honrar la identidad sexual frente a otras identidades. Se menosprecian los demás rasgos personales que ostenta una persona en su vida cotidiana y se los juzga bajo la óptica de una mecánica de la dominación. Así por ejemplo, se le pide a una persona que abandone su identidad compleja para favorecer una particular, a saber, la de su orientación sexual. Es incompatible entonces ser homosexual y católico, o ser transexual y de derechas; desde esta perspectiva, estos matices solo son posibles al no haber comprendido bien la estructura de dominación, y por lo tanto, en aras de la autodeterminación uno debe renunciar a su modo de vida para abrazar la justa causa de la libertad y de la tolerancia. Este argumento es evidentemente contradictorio.

Pese al contrasentido, se insiste en la visibilización de la propia condición sexual a través de la ruptura de prácticas sociales cuyo significados tienen una carga simbólica poderosa para los ciudadanos. Lo importante de la campaña es el radicalismo con que se destruyan los significados de aquellas prácticas. Una que ha adquirido protagonismo recientemente es la práctica del beso entre parejas homosexuales frente a la iglesia o frente a alguna otra institución que represente la hegemonía heterosexual. A mucha gente, indistintamente de la orientación sexual, esta práctica le resulta de una violencia inadmisible. Y es justamente éste el objetivo, pero creo que se falla en la lectura de este rechazo. Probablemente el grupo activista lo entienda como un síntoma de homofobia; coincido en ello parcialmente, es evidente que nuestra sociedad es homofóbica pero eso no juega un papel determinante, en la generación de esta animadversión, como la degradación a la que han llevado la práctica del beso. Besar a una persona tiene una poderosa carga afectiva, encierra un pluralidad de valores que los sujetos construyen sobre la base de sus vínculos afectivos más profundos. Utilizar un beso como arma política resulta grosero y degradante porque se le convierte en un medio de presión y no en una expresión de afectividad. Se me puede decir aquí que el objetivo es precisamente generar la consciencia de la volatilidad de los significados sociales, pero esto raya en la contradicción pues la valoración de la diversidad no se puede fundamentar en un relativismo cultural acrítico.

Se suma a esta estrategia la victimización de los procesos de autoconocimiento de la identidad sexual. Se ha insistido mucho en dramatizar el proceso de autoconocimiento de esta condición en los homosexuales. Ciertamente, las personas con una orientación homosexual, por ejemplo, atraviesan por una angustia muy particular que se puede aliviar en la medida en que la sociedad se vuelva más plural, pero no es menos dramático el proceso de autoconocimiento de cualquier persona que se toma muy en serio esta tarea. Completaré mi punto de vista acerca de la autonomía apuntando que la práctica de la libertad no es un ejercicio solo acerca de la orientación sexual. Las estructuras sociales influencian tan poderosamente nuestras vidas que sólo a través de un verdadero proceso de autoconocimiento, de la búsqueda de autenticidad, podemos encontrar suficiente espacio para el despliegue pleno de nuestra moralidad. En este aspecto, nuestra historia personal se encuentra sometida a reflexión. No somos absolutamente determinados, sino que estamos evaluando constantemente la propia biografía, y aprendiendo de este proceso; es en esta suerte de ejercicio crítico, que podemos ser cada vez más libres de la dinámica sistémica que nos impone los patrones culturales a los que estamos expuestos. No podemos liberarnos renunciando a lo que hemos sido, sino acogiéndolo como una etapa de nuestro autoconocimiento, y esto vale tanto para una persona homosexual como para una heterosexual.

Se entiende entonces que se está ejerciendo violencia en contra de la propia diversidad cuando se insiste en la hegemonía de la identidad homosexual. Probablemente la experiencia de la homosexualidad resulta edificante para algunas personas, en la misma medida en que resulta edificante para otras la práctica de su religiosidad. Pero lo mismo vale para el religioso, que para el homosexual, no convertir aquella identidad en determinante de todas sus experiencias sociales. Esto mismo se le reprocha a las religiones fundamentalistas que insisten en sobrevalorar la identidad religiosa en los espacios públicos. Tomar la identidad sexual como el foco de una justa exigencia, deteriora notablemente el alcance de dicha reivindicación y eso impide su avance.

La experiencia política nos ha enseñado que todas las luchas en las que la identidad ha sido el leitmotiv, sólo han ocasionado la fragmentación del tejido social, alimentando la violencia y generando reacciones que detienen los procesos de reforma institucional. Se nos presenta entonces una bifurcación entre violencia y política. Un camino es seguir insistiendo en este tipo de prácticas que soliviantan a la ciudadanía, que la someten a una violencia cuya lógica se asemeja mucho a la del terrorismo, en la que se provoca a la autoridad para generar una respuesta violenta y poder así legitimarse. La otra vía es la incursión en la política, en donde a través de los mecanismos se puede articular el debate adecuado que necesitan las reformas institucionales de largo aliento. Por eso son tan importantes las estructuras democráticas que tienen un carácter participativo de la ciudadanía en la construcción de las instituciones. Un problema aparece entonces en la comprensión de las instituciones que son representativas de la ciudadanía y las que ejercen una tiranía en nuestras vidas; esto mismo requiere un tipo de reflexión sobre la libertad política, de tal forma que podamos enjuiciar la justicia de aquellas prácticas que inciden de manera inmediata sobre nosotros. Una sociedad abierta en la que se potencien los modos de vida diversos que conciban los ciudadanos será más coherente con los objetivos de la política liberal. La reflexión sobre la eticidad comunitaria, tal como aparece en los debates contemporáneos, sólo será posible dentro de los distintos debates de la sociedad civil, y no en la dimensión de la cultura política propiamente.

Esto anterior da pie a un debate más interesante y al que debemos prestar mucha atención, tiene que ver con la tensión entre el mundo moderno y el tradicional. Los conflictos medioambientales tienen como presupuesto las enormes distancias culturales de la ciudad y la vida bucólica. Para estos conflictos el valor del debate público es vital, el mundo moderno los alcanzará gradualmente, por ello no podemos infravalorar la importancia de los mecanismos democráticos que articulan a los individuos pese a sus distancias culturales. Del mismo modo las formas de vidas sexualmente heterogéneas, con sus particularidades propias, deben tener suficiente espacio para poder florecer como cualquier otra dimensión de la vida humana.

Para concluir, quiero añadir que creo seriamente en la justicia de las pretensiones de estos grupos activistas, creo que las parejas homosexuales deben beneficiarse con las instituciones del matrimonio y la adopción de niños, entre otras cosas. Pero algunos medios que se emplean para estas exigencias son altamente corrosivos del tejido social en que se desea inscribirse. Los derechos de las personas gay, lesbianas, etc., no son solamente una reivindicación de la identidad sexual, sino una reivindicación de la justicia con que deben juzgarse nuestras instituciones sociales. La justicia política ofrece un recurso más interesante que organiza mejor las intuiciones de una sociedad liberal, que es el tipo de sociedad abierta y tolerante que todos deseamos.

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